jueves, 26 de enero de 2012

Sombras -4


San  Justo de la Vega. Invierno 2011

Θόδωρος Αγγελόπουλος, Zeodoros Anguelópulos.
(1935-2012)

Ayer, a las cinco en sombra de la tarde, cuando la moto del policía fuera de servicio atropellaba a Theo Anguelópoulos, estaba hablando de él con la curruca Fernandina, el Picogordo, porque le llevaba la novela de Petros Márkaris, coguionista en media docena de películas de Zeo, y el Arruabarrenensis, discípulo de Goethe, de Fausto o de Mefistófeles, no lo sé a ciencia cierta, no sabía que Márkaris era guionista y el traductor al griego de ése y otros grandes autores alemanes.

Lo habíamos mencionado aquí, precisamente, la pasada semana en los artículos dedicados a la última novela de Petros, Con el agua al cuello. Y ahí apuntamos los títulos y el año de algunas películas de Anguelópoulos.

Una banda sonora de Eleni Karaindrou:


Tras una tarde de charla amigable sobre literatura y Grecia, nuestros temas más comunes, de envasar una buena cantidad de cervezas y fumar como fogoneros, llegué a casa  más que animado, tupíu,  como decimos por Asturias, tupido como un colador o una tubería.
Al terminar de cenar y quedarme solo en la cocina escuché por la radio la noticia  de la muerte del más grande cineasta griego hasta el momento. De los detalles me he ido enterando hoy.
Por ejemplo, que el accidente fue en Drapetsona, cerca del Pireo, mientras atravesaba una calle.

Varios pensamientos e imágenes he venido asociando a su muerte, sin oponerles resistencia, permitiendo que me gane la melancolía. Apenas menciono películas o directores aquí porque veo poco cine y no es mi fuerte, pero inevitablemente, recordé algunas escenas de sus películas. Imágenes, la mayoría, de un magnetismo visual extraordinario.
El paisaje nevado de una Grecia nada turística pero más real, el final de La eternidad y un día, La mirada de Ulises, los comediantes silbando la Tarara caminando por las vías, los impermeables amarillos en bicicleta y el autobús en La eternidad, la tristeza del Viaje a Cytera y en general el argumento de esa película conmovedora.


León, diciembre 2011

Cythera es la isla donde nació Afrodita, aunque después fuera Chipre su lugar de acogida y reposo. Y de solaz y descoque, como las bellas de Espronceda en sus lechos.

La película narra la vuelta a Grecia, después de veinte años, de un comunista que tuvo que abandonar su país y su familia, tras la lucha en la resistencia y la posterior guerra civil, y exiliarse en la Unión Soviética.
En la URSS ha formado otra familia pero regresa al cabo para reencontrarse con su pasado, con sus hijos, que no lo aceptan ni lo reconocen como padre, y con su primera mujer, que no se ha vuelto a casar y comprende la tragedia de aquel hombre, que es también la suya, uno de los dramas de la moderna historia griega.

El exiliado acepta el frío que lo recibe, porque tal vez era ya un intento condenado al fracaso desde el principio, una derrota más, y espera en la noche, bajo la lluvia, para subir a una balsa de tablas que lo acercará a un hipotético barco nocturno, fantasmal sin duda, que pasará a recogerlo en el exterior del puerto y lo devolverá a Rusia.
Era la versión original en griego y no pude hacerme con todos los detalles del guión. Pero estoy viendo al hombre junto al embarcadero, empapándose del aguacero que cae, como lo ve la mujer a través de los cristales de su casa.

Ella sale para llevarle un paraguas, pero se queda con el paisano, con la memoria de ambos, y juntos suben a la balsa  que se va alejando bajo la lluvia hasta perderse en la oscuridad.

El viaje a Cytera es una vuelta al amor. Trágico porque en lo que pensamos es en un suicidio de la pareja.

Las otras ideas que me asaltaron tenían que ver también con las coincidencias, como la de estar hablando del director cuando lo atropellaron.

También de Eleni Karaindrou, La eternidad y un día.


Invierno 2011

En uno de los números de Psilicosis hablamos de Gaudí, alcanzado por un tranvía en Barcelona y de Roland Barthes, en París por el furgón de una lavandería.
Más próximo aún a Angelópulos, no sólo en kilómetros, como director y artista, a Pasolini le pasaron por encima con un coche, en un episodio que no llegó a resolverse convincentemente.
El gran novelista Kostas Taksís murió también en Atenas en lo que se interpretó como crimen pasional entre homosexuales que tampoco se aclaró del todo.

Los amigos de la criptopolítica y la conjura llegaron a interpretar algunos de estos casos, como los dos últimos y otros menos conocidos de la misma época, como asesinatos políticos planificados, pero nunca pudieron aportar pruebas. La genialidad de todos ellos, sus feroces y lúcidas críticas al sistema, la radicalidad de la vida privada de Pasolini o Taksís, invitaba a especular con la existencia de una mano negra bien dirigida.

No accidente, sino asesinato político de la extrema derecha griega, fue la muerte del diputado de la izquierda, Lambrakis, ocurrida en Tesalónica, cuya historia recreó Vasilikós en la novela Z (67), y en el cine el director Kostas Gavras (69). A Lambrakis lo mataron atizándole un garrotazo en la cabeza con una porra desde una motocarro en marcha.

Sin tomar partido por estas teorías no deja de ser curioso que Angelopulos preparara su nueva película, en la que iba a tratar la crisis griega actual, y que haya sido un policía su ejecutor, aunque sea de paisano y "sin querer".
Lo cierto es que han matado a un poeta del cine y a un baluarte contra el statu quo.

El viaje a Cytera, banda sonora compuesta por Eleni Karaindrú, como las de otras películas de Zéo.



Salud y felices sueños.

Barbarómiros.

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